Marta Dillon y Malena Pichot: historización y demandas del feminismo a través de una conversación en 2014

A partir de una nota publicada en el diario Tiempo Argentino en junio de 2014, rastrearemos algunas de las históricas luchas del feminismo desde su génesis hasta nuestros días e intentaremos echar luz sobre algunas de las cuestiones mencionadas en la nota.

El artículo periodístico, presente en la edición del 15 de junio de 2014 y llamado “El feminismo cambia a hombres y mujeres”, expone la conversación entre la periodista Marta Dillon y la actriz, guionista y comediante Malena Pichot, ambas autoproclamadas feministas, quienes, según la nota, reflexionan “sobre la incesante batalla cultural que dan las mujeres contra la sociedad patriarcal, la misoginia berreta y un a menudo muy reaccionario “sentido común”.

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El objetivo del análisis radicará en comprender, a través de las problemáticas y los mitos circundantes que en torno del feminismo se exponen en la nota, cuáles son las raíces y los antecedentes que sobre éstos se fundan. Es a través de la historización del movimiento feminista y su imbricación en los contextos socio-históricos que podemos comprender los dilemas y demandas que retornan y los reclamos vigentes hoy en día, tanto para demostrar cómo se fueron expandiendo los límites de lo político y lo público en relación con los derechos de las mujeres como para seguir analizando las problemáticas que obstaculizan el avance.

El feminismo, entre la teoría y la “calle”

A lo largo del artículo, se señalan y mencionan varias luchas, consignas y discusiones en torno del feminismo y sus discursos. La primera de ellas hace referencia a la definición de feminismo y a las luchas discursivas que sobre este significante se producen. Dillon expone que “el feminismo es ilustrado, una corriente de pensamiento, una ideología política que nace fundamentalmente de los campus universitarios y que después sale a la calle. Está la mirada torva de quienes están afianzados en el patriarcado y ven en el feminismo un riesgo, y para no asumirlo te tildan de bigotuda. Pero por otra parte es cierto que las feministas ilustradas miran con cierto resquemor a quienes llegan al feminismo a partir de una toma de conciencia” . A partir de este fragmento, podemos dar cuenta de varios factores que son pertinentes de análisis. Por un lado, el surgimiento del feminismo como una corriente de pensamiento enarbolada, en primera instancia, por feministas “ilustradas” que, a partir de la Revolución Francesa, comienzan a correr los límites de la política y a discutir temas que intentan desnaturalizar la subordinación de la mujer. Se dice que es un feminismo ilustrado porque surge precisamente durante la Ilustración y porque viene a iluminar asuntos de ese mismo movimiento de emancipación que estaban velados. En palabras de Valcárcel (2000), el feminismo es un “hijo no querido de la Ilustración”, ya que la tesis de la igualdad abstracta entre los sujetos como base del orden político que ésta reivindicaba, comienza a poner en cuestión la desigual distribución de poder entre varones y mujeres: si se postula un proyecto de mundo en que somos todxs iguales, ¿por qué no están allí incluidas las mujeres? En ese surgimiento, podemos destacar a Mary Wollstonecraft, una de las primeras mujeres que advirtió la necesidad de reclamar sobre esa distribución de saber y de poder desigual entre varones y mujeres.

Por otro lado, y en relación al fragmento de la entrevista que expusimos anteriormente, estos nuevos ideales feministas sí articularon las demandas de mujeres ilustradas –como Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges- con la “lucha de mujeres de sectores populares” (Ciriza, 2001: 2). Quizás, esta “toma de conciencia” de la que habla Dillon, pueda referirse no sólo a la educación e instrucción de mujeres que consigan transformar la sociedad sino también a irrumpir en el espacio público a través de una “inculcación sistemática capaz de construir nuevas relaciones entre los sexos” (Ciriza, 2001: 4) –cambios que propugnaba Wollstonecraft-, que nos permitan alzarnos por encima de los privilegios e incluyan a todas las mujeres -las ilustradas y no-. En la entrevista, Pichot es quien se pone del lado de las que “toman conciencia” en vez de pertenecer al feminismo ilustrado, sin embargo, no es quizás ella el mejor ejemplo de esto. A continuación, Dillon toma como un ejemplo de esta diferencia entre “la teoría y la calle” a los Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM) en Argentina, en especial, el de 2002, para dar cuenta de este conflicto por la definición del “feminismo” y la transformación del movimiento, como un nudo que concentra y articula las demandas tanto de las “feministas ilustradas” como del movimiento popular de mujeres: “En 2002 hubo un Encuentro Nacional de Mujeres que cambió radicalmente la composición del movimiento. Fue cuando se incorporaron las mujeres de los barrios, las piqueteras, todas las minas que encarnan la peor parte de lo que denuncia el feminismo (…) Cuando ellas llegan y dicen ‘no queremos que nos caguen más a palos’, el feminismo se transforma. En ese sentido, hay una dinámica entre la calle y la teoría”.

En relación con esto, es Alejandra Ciriza quien va a retomar las tensiones y las paradojas que se cruzan en el movimiento de mujeres y feministas de los últimos años en Argentina y, analizando particularmente los ENM, va a encontrar este disenso del que particularmente habla Dillon y esta transformación de los encuentros de mujeres a partir de la eclosión política de fines de 2001. El Encuentro de 2001 en La Plata, “marcó el ingreso masivo de mujeres de los sectores populares” (Figueroa y De Titto, 2011: 2). Y, en palabras de Andrea D’Atri, el Encuentro de Salta en 2002 –al que hace referencia Dillon- posterior a los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre de 2001, reunió a “las vecinas que se organizaron en asambleas barriales, las piqueteras de los movimientos de desocupados, las feministas que hicieron los cacerolazos contra la Corte Suprema, las obreras que tomaron sus fábricas y las pusieron a producir bajo control obrero, las militantes de diferentes agrupaciones políticas de izquierda”, entre otras participantes (D’Atri, 2002, en Ciriza, 2004). La masividad y el crecimiento de estos espacios precisamente en esta época fue lo que terminó condensando esta “dinámica entre la teoría y la calle”, como el eje de uno de los conflictos presentados al interior del feminismo. De esta irrupción surgen efectivamente tensiones entre las feministas con formación teórica y las mujeres que por primera vez se reconocían como tales colectivamente (lo que trae a la discusión Dillon, como síntoma que persiste hasta hoy), pero además suscita nuevos debates que enriquecen, complejizan y diversifican al movimiento (cfr. Figueroa y De Titto, 2011: 2).

Feminismo y maternidad

Otra de las cuestiones que se ponen de manifiesto en la conversación es la que articula al feminismo con la maternidad y los mitos que sobre ella circulan en la actualidad; “la idea de que es parte de ser una buena mujer dejar tu vida por los hijos mientras los varones trabajan” (Dillon). Esta lucha por salir del ámbito privado al que históricamente se recluyó a la mujer puede ser recuperado a partir de las luchas de los feminismos de la Segunda Ola que, además de retomar la lucha por la igualdad de derechos entre varones y mujeres que sostenían los feminismos de la Primera Ola, comienzan a cuestionar las relaciones más íntimas en las que el poder ejercido sobre las mujeres se cristaliza: la familia y las relaciones interpersonales y, como una problemática dentro de ello, la maternidad. Según Cristina Palomar Verea (2005), es la maternidad uno de los núcleos en los que se vislumbra el carácter transhistórico y mítico de la “esencia” de las mujeres, ya que se la considera una expresión de la “naturaleza” humana de la mujer. Es recién a partir de trabajos que la historizan y la ubican como una práctica en movimiento, que la maternidad empieza a verse como un hecho que no es natural, atemporal o universal sino una parte de la cultura en evolución continua.

“Obviamente, cuando estás en relación con otros, siempre hay algo que dar, pero el arquetipo de la madre sacrificada es artificial y muy agobiante. Porque los hijos son tuyos, pero son los hijos de un entramado social, de una comunidad, donde podríamos tener unos lazos de solidaridad más fuertes”, explica Dillon en la nota, y plantea uno de los aspectos que el feminismo más analizó y desarrolló en torno de la maternidad: plantear que es una práctica cultural significa desligarla de los lugares comunes que históricamente suscita y asumir que está relacionada con el contexto socio-cultural económico en el que se realiza, constituyéndola así como una práctica que no es individual sino que consiste en la reproducción del grupo social, al que Dillon pone en juego cuando explicita que los hijos son los de un “entramado social”.

El feminismo como condición de posibilidad de las luchas de la diversidad sexual

“Los movimientos trans, de lesbianas y gays, no se hubiesen desarrollado sin el feminismo, porque lo que viene a decir el feminismo es: ‘Esto no es lo que me toca por nacer mujer’”. A partir de esta frase de Dillon podemos analizar otro de los asuntos presentes en los cuestionamientos de la opresión femenina que el feminismo y, especialmente los Estudios de Género, van a examinar. Desde la aparición de El Segundo Sexo (1949) de Simone de Beauvoir y a través de la deconstrucción de la naturaleza de la opresión de las mujeres, comienzan a definirse conceptos como los de política sexual, patriarcado y género, entre otros que empiezan a indagar las estructuras, ideologías y prácticas sociales que condicionaban el “ser mujer” (cfr. Barrig, 2004: 5). Especialmente Ann Oakley (1972) y Gayle Rubin (1975) son quienes hacen emerger el concepto de “género” para aludir a la organización social de las relaciones entre los sexos, lo que abre posibilidades de deconstruir el esencialismo de los significantes y desafiar los preconceptos. Son precisamente estos estudios, análisis y cuestionamientos a los que va a hacer referencia Dillon en la frase que retomamos al principio del párrafo. Si “esto no es lo que me toca por ser mujer”, las expresiones patriarcales en la vida cotidiana de varones y mujeres, su sexualidad y socialización también pueden ser desafiadas y puestas en cuestión, lo que deja abierta la posibilidad de distintas formas de relación “entre varones y mujeres, entre mujeres y mujeres y entre hombres y hombres, según sociedades y épocas históricas” (Barrig, 2004: 6). No es casual que algunos de los ejes que más trabaja el feminismo y los movimiento de mujeres hoy sea el de las diversas identidades de género y prácticas sexuales disidentes. Se trata de un fenómeno que está creciendo “sobre todo en las generaciones más jóvenes, que se animan a romper con las categorías binarias y con la heteronormatividad heredada” (Figueroa y De Titto, 2011: 4).

“Lo personal es político”

“Me parece que en su discurso, por ejemplo, eso de decir ‘los quiero mucho’ tiene que ver con un estereotipo vinculado a la mujer, que es más sensible o más maternal. Pero eso no es ser feminista”, reflexiona Pichot en la conversación, y Dillon retruca: “Me parece que ella, al poner en juego una sensibilidad personal, lo que hace es poner en juego esto de ‘lo personal es político’, que es una de las máximas más poderosas del feminismo. (…) No es que Cristina trae sentimientos y los sentimientos son femeninos. Sino que al exponer algo de la esfera de lo privado, está haciendo una operación feminista, aunque no lo quiera”.

Esta recuperación de una de la consignas más fuertes a partir de la Segunda Ola del movimiento feminista es, quizás, un modo de poner en evidencia que hasta hoy es la politización de la vida cotidiana lo que las mujeres seguimos poniendo en juego para reclamar por los derechos que aún se nos niega y denunciar que el poder está también dentro de las relaciones familiares, interpersonales y sexuales -no sólo en las estructuras político-jurídicas donde es más fácil percibirlo (cfr. Tarducci y Rifkin 2014:1). Esta consigna, acuñada por Kate Millett en uno de los manifiestos difundidos en los Estados Unidos en 1971 (“The Politics of the Ego”), se popularizó entre las feministas de todo el mundo e inspiró a todas las corrientes del feminismo. En palabras de Dillon, “es una consigna que las feministas ponemos en juego porque queremos discutir las relaciones y borrar esa barrera de lo privado y lo público. Las relaciones de pareja y el modo en el que criás a tus hijos o no los criás, afecta a tus relaciones de trabajo, tus relaciones políticas, tu posibilidad de ascender.” Es a través de la consigna “lo personal es político” que las mujeres seguimos realizando la operación de traer a escena asuntos relacionados con la sexualidad, el cuerpo, los “roles” en lo doméstico y las relaciones afectivas; poner en discusión y visibilizar las relaciones de poder presentes en el ámbito privado, que algunas feministas asumieron en su momento desde el lugar del anticapitalismo y antiimperialismo (o feminismo marxista), y otras a partir de aspectos considerados “más íntimos”, como lo son la sexualidad, la familia y las relaciones interpersonales (revisadas más específicamente por el “feminismo radical”).

El aborto como gran cuenta pendiente

“Lo que queda como un gran pendiente es el aborto, como emergente de lo que significa la autonomía de las mujeres sobre su propio cuerpo y sus propias decisiones”. Con esta frase, Dillon expone una de las más controvertidas demandas del feminismo de nuestros días. Es el aborto, puesto en términos de Alejandra Ciriza (quien retoma a Zizek), el “punto nodal” que aglutina y anuda las significaciones socialmente construidas sobre la autonomía del cuerpo de las mujeres; la “herida” aún no cerrada que nuclea conflictos, repeticiones, debates y demandas del movimiento feminista. Es este ”síntoma” –aquello que se repite sin posibilidades de resolución- lo que “remite a los lugares de anudamiento entre sexualidad y anticoncepción, entre cuerpo y política, entre tradiciones culturales y políticas contradictorias” (Ciriza, 2004: 7) y, de alguna manera, nuclea, finalmente, las históricas demandas del feminismo desde su génesis hasta nuestros días.

Por último, y volviendo al inicio del análisis, es la demanda por el aborto legal de las mujeres más pobres el punto de inflexión que populariza la lucha y la saca de “los espacios de resistencia de las feministas de clase media, intelectuales y académicas que eran quienes venían sosteniendo la demanda” (Figueroa y De Titto, 2011: 3), lo que termina de juntar las puntas de la conversación presente en la nota y nos demuestra que las demandas feministas de nuestros días son definitivamente luchas que se reactualizan y que tienen una gran historia detrás sobre la que se fundan.

Por Bárbara Duhau

Bibliografía: 

Barrig, Maruja. 2004. “Del feminismo al género”. En Los discursos sobre la mujer andina desde los proyectos de desarrollo rural. Tesis Doctoral. Lima, Facultad de Ciencias Sociales, UNMSAM.

Ciriza, Alejandra. 2001. Genealogías feministas. La recurrencia del dilema Wollstonecraft. En: Voces en conflicto, espacios de disputa. Buenos Aires, Instituto Interdisciplinario de Género-Departamento de Historia,

Ciriza, Alejandra. 2004. “Voces feministas fuera de lugar. Sobre los Encuentros Nacionales de Mujeres vistos desde la periferia”. En Brujas. Año 23, N°30.

Valcárcel, Amelia. 2000. “La memoria colectiva y los retos del feminismo”. En Los desafíos del feminismo ante el siglo XXI (Amelia Valcárcel y Rosalía Romero (eds.), Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer.

Curiel, Ochy.2003. Identidades esencialistas o construcción de identidades políticas: El dilema de las feministas negras. En: Mujeres Desencadenantes. Los Estudios de Género en la República Dominicana al inicio del tercer Milenio. INTEC. 2005. República Dominicana. ISBN: 99934-25-55-9.

Hartmann, Heidi. 1985. El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo: hacia una unión más progresista. En Teoría y Política 12-13.

Figueroa, Noelia y Julia de Titto. A 10 años del 2001 con gafas violetas. En http://www.marcha.org.ar (parte 1, publicada el 23/12/2011)

Palomar Verea, Cristina.2005.Maternidad: Historia y cultura. En: La Ventana, No22.

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Tarducci, Mónica y Déborah Rifkin. 2010. “Fragmentos de historia del feminismo en Argentina”. En Las palabras tiene sexo II. Buenos Aires, Artemisa Comunicación.

Tarducci, Mónica y Déborah Rifkin. 2014. “Los feminismos en América Latina y Europa”, textos de clase Módulo I, II y II. Buenos Aires, Diploma Superior en Comunicación y Género.

Vargas, Virginia. 2002. Los Feminismos latinoamericanos en su tránsito al nuevo milenio. (una lectura político personal). En: Estudios y otras prácticas intelectuales latinoamericanas en cultura y poder. Daniel Mato (comp). CLACSO, Caracas, Venezuela

Young, Iris. Marxismo y Feminismo: más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual). En El Cielo por asalto. Año II, No4, otoño/invierno 1992.

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