Feminismo, esa mala palabra

En el vocablo político hay toda una lista de conceptos largamente bastardeados, manoseados por el “sentido común” que nos propone la tele o alguna que otra charla de café: socialismo, democracia, protesta o piquetero son algunos ejemplos ilustrativos. Pero si hay una palabra, una definición, una posición asumida que se ha cansado de ser distorsionada esa es la de feminismo.

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Desde lxs analistas, pasando por lxs militantes revolucionarixs, hasta nuestrxs amigxs, hermanxs y vecinxs, el feminismo le sigue torciendo la boca más de uno (y a más de una también, no se pongan susceptibles muchachos). Todavía nos toca explicar que el feminismo no es la otra cara del machismo, que no se propone esclavizar hombres ni castrarlos. No pretende reivindicarse con siglos de sometimiento hacia los varones ni se parece en nada al “igualismo” que planteaba el comercial de una cerveza expatriada. El feminismo, en su enorme diversidad, toma como bandera la liberación y la igualdad.

Y a la hora de caracterizarlo, hasta el más progre de los progres llega a comentar por lo bajo: “por momentos son medio exageradas”, “yo las entiendo, pero mientras más se acercan al feminismo peor se ponen”. Porque claro, el feminismo no sólo es mala palabra y carga con un ejército de escépticos, sino que tiene de chivo expiatorio a sus adeptas, las feministas (y por qué no, los feministas). Puede que ya no nos condenen a la hoguera, pero todavía somos brujas a los ojos del mundo. Y la verdad que algo de brujas tenemos: somos ruidosas e insistentes, nos quejamos bastante de lo que no nos gusta, cuestionamos el lugar que nos toca en la casa, el trabajo, la calle, la historia y nos tomamos el atrevimiento de ir por ahí reclamando justicia.

Vale decir que nuestros enemigos coinciden con los enemigos del pueblo: mentes estrechas y conservadoras que se retuercen del asco con nuestra presencia, esxs que también se asustan de lxs estudiantes inquietxs, lxs pobres, lxs excluidxs, lxs diferentes. Aún así, tanto tiempo y mujer organizada no viene siendo en vano. Cada vez somos más, nos multiplicamos, nos hacemos más fuertes: cuando exigimos que detengan la violencia sobre nuestros cuerpos, cuando denunciamos la desaparición de mujeres y niñas para la trata, cuando señalamos a curas abusadores que siguen dando misa los domingos o repudiamos a los legisladores que salen a defender los prostíbulos que frecuentan con compañeros de bancada.

Pero otras tantas veces nuestras demandas se asumen un poco pretenciosas. Se ubican tan peligrosamente cerca de lo cotidiano que resultan demasiado inconvenientes. Ya no está bueno y molesta. Molesta en cada lugar, cada idea, cada vinculo que supimos forjar a fuerza de costumbre: en las tareas de la casa, en el modelo de mujer que seguimos anhelando, en el humor que nos divierte, en los roles de familia pacientemente perfeccionados, en nuestras camas, en la complicidad y confianza políticas, en la palabra que se reafirma sólo en boca de un hombre. Y ahí es cuando el feminismo se empecina en jodernos la vida.

Acá el problema no está en las contradicciones –que, por supuesto, nosotras también acarreamos–  sino más bien en la vocación de reconocerlas y enfrentarlas. Las excusas para hacerse el desentendido sobran y son conocidas: que en definitiva es cosa de mujeres, que también somos machistas, que encima somos poco pedagógicas y, en la mayoría de los casos, resentidas, tortilleras o marimachos. Demasiado eufemismo para justificar la resistencia.

No es difícil entender por qué el feminismo genera semejante controversia: cuestiona los fundamentos de esta sociedad tal y como la conocemos. Estamos en pie de guerra contra el patriarcado (que no es lo mismo que estar contra los varones, no corran), un esquema que reproduce las desigualdades de poder entre varones y mujeres y se lleva bárbaro con el capitalismo. Tiene unos mandatos espantosos que se nos imponen a todas las partes involucradas. Es altamente recomendable luchar contra este sistema perverso.

Por eso, en un acto de tozudez incurable, venimos a reivindicar la palabra que da nombre a esta insurrección: feminismo. Querrán inculcarnos que muerde y es mala, pero detrás del prejuicio se oculta un maravilloso camino de dignidad.

Escrito por Daniela R.

Fuente: http://letercermonde.com/2013/09/19/feminismo-esa-mala-palabra/

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